domingo, 28 de agosto de 2016

La excelencia

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Escritor y articulista.


Confieso que los mártires, los caudillos, los héroes, los santos, los genios, los líderes y, sobre todo, los profetas, cuando están lejos, estimulan mi admiración pero, cuando los contemplo de cerca, me asustan. Creo firmemente que son necesarios para dinamizar la sociedad, para despertarnos del letargo y de la apatía; pienso que son imprescindibles para mover nuestras conciencias, para defender los grandes principios y para fortalecer a los débiles. Acepto que estos seres extraordinarios y beatíficos, en virtud del don singular que han recibido y gracias al carisma del que están adornados, estimulan el seguimiento, la admiración, la imitación, la obediencia, la entrega y la devoción. Estoy convencido de que ellos son los que, en muchas ocasiones, nos sacan las castañas del fuego: las castañas de nuestros derechos, intereses, ideas y sentimientos; el fuego de la arbitrariedad, de la fuerza, de la habilidad, de la mentira o de la injusticia. Pero, repito, los carismáticos, los fundamentalistas, los radicales, los perfectos, los puros y los puristas, los íntegros y los integristas me producen una profunda sensación de temor (y, a veces, de honda pena).
Cuando escucho las encendidas proclamas en favor de la moral de la excelencia, de la aristocracia espiritual, de la hidalguía intelectual y hasta de la nobleza de cuna, recuerdo lo que sufría Sebastián Saúco al pensar en aquellos que han trabajado para pagar los heroísmos del héroe: “me duelen –me decía- las muertes de quienes han derramado la sangre en las guerras del excelente; me entristecen las  manchas de barro de quienes velan para que los puros sigan limpios; me apenan los sufrimientos de quienes son atormentados para proporcionar el placer de la finura a unos pocos afortunados aristócratas”. Tengo un amigo a quien le hubiera gustado vivir en la Edad Media, pero, por supuesto, no como simple siervo, colono o miembro de la gleba, sino como emperador, rey, marqués o conde. Si a los ricos los hacen los pobres, a las verdades llegamos por las sendas de los errores, y a la bondad por el camino de los defectos.                                              

jueves, 25 de agosto de 2016

HOY 24

He encendido un cirio chico por los gallofantes. Aquí fue cura en 1613 san Vicente de Paul. 
No he resistido la llamada de la tradición.


miércoles, 24 de agosto de 2016

DESAFÍOS UNIVERSITARIOS/24


La Medicina es una Ciencia Humana

JOSÉ ANTONIO / HERNÁNDEZ / GUERRERO

¿ES la Medicina una ciencia exclusivamente física o natural? ¿Las enfermedades humanas son trastornos o desórdenes únicamente orgánicos o corporales? y, en consecuencia, ¿las curaciones se logran plenamente con la Farmacología, con la Cirugía o con la Radioterapia, o también es necesaria la ayuda de la palabra? En opinión, las actividades terapéuticas se han de guiar también por las palabras: por las palabras de los pacientes, que buscan la luz de la información y el calor de la esperanza, por las palabras de los médicos y de los enfermeros, que pretenden la exactitud y temen aumentar el sufrimiento, por las palabras de los artistas, que tocan el espíritu y suavizan el dolor, y por las palabras de los escritores, que aclaran el significado de las experiencias humanas y que evitan simplificarlas mediante generalizaciones. 

Partimos de varios supuestos: que los médicos y los enfermeros, además de científicos, son mediadores, intermediarios, explicadores, comunicadores, agentes, actores e intérpretes de nuestras dolencias. Que la curación es una tarea de colaboración y, por lo tanto, un proceso de diálogo. Y, finalmente, que la palabra, aunque por sí sola no cure, aunque no posea una fuerza mágica, produce diferentes efectos eficaces porque es un vehículo y un vínculo, un instrumento imprescindible, condicionante o, en ocasiones, determinante, del proceso de curación. La Medicina -entendida en su sentido más completo, como ciencia, arte y profesión- y el tratamiento -concebido como un conjunto de actividades diversas- son dos sendas convergentes y complementarias, dos recorridos vitales en compañía: la curación y el alivio se logran a través del diálogo y de la mutua colaboración entre los profesionales y los pacientes. 

Opino, en consecuencia, que la Medicina moderna, además de curar la enfermedad, ha de partir de la interpretación de la vivencia que el paciente posee de sus dolencias y considero que, en la medida de lo posible, ha de aliviar el sufrimiento. Si aceptamos este planteamiento, podríamos incluso afirmar, además, que existe una estrecha relación entre el ejercicio de la Medicina y el cultivo de las Artes y de las Letras. Las obras de muchos médicos ponen de manifiesto que la vocación médica y la actividad creadora son vías que, convergentemente, parten de y desembocan en una mejor interpretación, comprensión y valoración de la naturaleza humana. 

La experiencia nos confirma que las palabras atenúan los dolores del cuerpo y mitigan los sufrimientos del espíritu, suavizan las angustiosos interrogantes que surgen ante las enfermedades y que la conversación con los profesionales de la salud posee la capacidad de hacernos sentir menos solos. No es extraño, por lo tanto, que la doctora Iona Heath afirme que "los médicos necesitamos ojos para ver la humanidad y para valorar la dignidad de nuestros pacientes". Todos nosotros hemos podido comprobar cómo la mirada comprensiva y compasiva de los profesionales de la salud nos han suavizado el sufrimiento y, a veces, han disipado nuestra angustia. Durante las enfermedades -quizás más que en otras situaciones- nos viene muy bien la compañía de hombres y de mujeres que, desinteresados, libres, equilibrados y prudentes, nos ayuden a dominar el horror ante lo desconocido, transmitiéndonos mensajes tranquilizadores. Sí, necesitamos que nos cuenten, con delicadeza, con objetividad y con generosidad, los riesgos que nos acechan, sin aprovecharse de nuestros temores. 


Para calibrar la influencia del lenguaje, hemos de partir de un supuesto básico: la tarea médica, además de ser una labor científica, es una actividad social y un ejercicio de intercomunicación personal que están orientados por ideas, por teorías, por ideologías y, en consecuencia, por palabras. Como afirma el doctor Esteban Torre, el carácter netamente humano de la profesión médica se pone especialmente de manifiesto en el proceso de relación comunicativa con el enfermo. Éste acude al médico porque necesita ser oído, escuchado, atendido y, a ser posible, curado".

martes, 23 de agosto de 2016

LO MEDIOCRE Y LO SUBLIME


Después de la comparación entre poesía y pintura que tanto juego nos ha dado, precisamente en el intento de reducir a sus justos límites el desproporcionado juego de que fue objeto en el Renacimiento, nos encontramos como de sopetón con una encarecida recomendación de Horacio al mayor de los dos hijos del cónsul Lucio Calpurnio Pisón.
Pero ¿existe tal desconexión con lo anterior? Se ha insistido tanto en el asistematismo del Ars poetica que corremos el mismo riesgo al que sucumbieron los mentados críticos renacentistas al dejarse engañar acríticamente con el señuelo de la asimilación de la poesía con la pintura.
Pensándolo bien, iniciar un debate sobre la mediocridad, cuando conservamos reciente el recuerdo de Homero, autor de obras que se encuentran en la cumbre y en el nacimiento de la literatura occidental, resulta de lo más coherente, como veremos enseguida.
En efecto, Horacio previene a sus lectores inmediatos del peligro de caer en la mediocridad en un terreno como el de la poesía, en el que no aspirar a lo más alto es sufrir una caída en picado hacia el abismo.
En un fragmento que va del v. 366 al 378 invita Horacio a sus lectores, entre los que nos encontramos, a la subida al monte Parnaso con la misma voluntad de perfección con que San Juan de la Cruz nos invitaría siglos después a subir al monte Carmelo, sabedores uno y otro de  que la Verdad, la Belleza y la Armonía tienen su sede en las alturas.


O maior iuvenum, quamvis et voce paterna
Fingeris ad rectum et per te sapis, hoc tibi dictum
Tolle memor; certis medium et tolerabile rebus
Recte concedi; consultus iuris et actor
Causarum mediocris abest virtute diserti
Messallae nec scit quantum Cascellius Aulus,
Sed tamen in pretio est. Mediocribus esse poetis
Non homines,  non di, non concessere columnae.


Tú, el mayor de los jóvenes, aunque por la voz de tu padre
Estás siendo modelado para adquirir un recto juicio, y por ti mismo eres sensato, estas palabras
Grábalas en la memoria; a ciertas cosas lo mediano y tolerable
Es razonable que se les permita: el mediocre jurisconsulto y abogado está lejos
Del talento del elocuente Mesala  y no sabe todo lo que sabe Aulo Cascelio.
Sin embargo es una persona valiosa. Que sean mediocres los poetas,
Ni los hombres, ni los dioses, ni las columnas de las librerías lo permiten.


Las comparaciones son odiosas. Pero lo son menos, si afinamos un poco el sentido de “mediocris” en este contexto. Sobre este término recaen tres conceptos: el de “medium” ‘mediano’ el de “tolerabile” ‘tolerable’ y el de “in pretio est” ‘es apreciado, tiene valor’. No está revestido de ese sentido peyorativo y descalificativo que tiene en nuestro idioma.
Es que la medianía domina todos los oficios sin que tengamos que abochornarnos de ello. Contados son con los dedos de la mano los que descuellan en sus respectivas profesiones. Puede ser que en época de Horacio esos seres privilegiados no volcaran sus enseñanzas sobre el resto de la comunidad científica y literaria, pero en la era de las comunicaciones sus obras científicas y literarias repercuten en toda la humanidad. Sería una locura prescindir de esos mal llamados mediocres.
Una buena razón para entender la desvinculación en boca de Horacio de todo sentido peyorativo en este término es que, para ponderar la bondad de su estilo de vida, eligió el sintagma aurea mediocritas, ‘medianía dorada’, un acertado oxímoron que adorna con el luciente y valioso metal la moderación y la sencillez, tan alejadas del lujo y el despilfarro como de la mezquindad y la miseria.
En el campo de la poesía lo que se busca es el placer y el goce del espíritu. Y ese fruto solo lo puede ofrecer quien, dotado de una naturaleza rica en imaginación, inteligencia y viveza intuitiva, ha recibido una formación cultural amplia y se ha entrenado en la composición poética con la lectura e imitación de los clásicos griegos bajo la dirección de un buen maestro.
Si a esto sumamos la intención de Horacio de poner por las nubes la misión y responsabilidad de los poetas, rebajaremos la posible intención denigratoria de la abogacía. Siempre hay alguien que ve descalificaciones intencionadas cuando se establece cierta jerarquía en las actividades humanas.
¿A qué hombres se refiere el maestro venusino cuando los incluye en la nómina de los contestatarios contra los poetas mediocres? Yo pienso que a la Humanidad entera. Los que se consideran humanos en toda la dimensión de la palabra y aspiran a alcanzar la cima de la perfección y el desarrollo de todas sus energía y potencialidades no se conforman con creaciones poéticas sin elegancia en el léxico, sin precisión en el sentido, sin figuras de dicción y disposición discursiva impactante, con esas series et iunctura a las que tanto apela Horacio. Una poesía ramplona y feble no merece la atención y la pérdida de tiempo por mucha propaganda que pretenda metérnosla por los ojos.
Y en cuanto a la reprobación de los dioses ¿cuál de ellos estaría interesado en injerirse en las tareas de los hombres? Como no sea Apolo, el dios de la cítara y director del coro de las musas… Es el que más influencia tiene dentro del Olimpo en ese menester y al que imploran los aedos y los músicos.
Píndaro, en su V Pítica describe sus atributos de esta manera:


ὃ καὶ βαρειᾶν νὀσων
ἀκέσματ’ ἄνδρεσσι καὶ γυναιξὶ νέμει,
πόρεν τε κίϑαριν, διδωσί τε Μοῖσαν οἷς ἂν ἐϑέλῃ
ἀπόλεμον ἀγαγὼν
ἐς πραπίδας εὐνομίαν,
μυχόν τ’ ἀμφέπει
μαντἡϊον.
El cual también contra graves dolores
Da remedios a hombres y mujeres,
Y dispensó la cítara y concede la Musa a quienes le place,
El orden pacífico de las buenas leyes
Llevando a las almas,
Y rige la gruta
De los oráculos,


Y en el himno XXI dedicado también a Apolo, el autor del himno intenta hacerlo propicio con su canto.


Φοῖβε, σὲ μὲν καὶ κὐκνος ὑπὸ πτερύγων λίγ’ ἀείδει
ὅχθῃ ἐπιθρᾠσκων ποταμὸν πἀρα δινήεντα
Пηνειόν. σὲ δ’ἀοιδὸς ἔχων φὁρμιγγα λίγειαν
ἡδυεπὴς πρῶτὁν τε καὶ ὕστατον αἰὲν ἀείδει
 καὶ σὺ μὲν οὕτώ χαῖρε, ἄναξ. ἵλαμαι δἐ σ’ ἀοιδῇ


Febo, a ti el cisne te canta suavemente con el batir de sus alas,
Mientras va saltando en la orilla  junto al río Peneo, abundante en remolinos.
Y a ti el aedo de dulce voz, pulsando la melodiosa cítara,
Te canta siempre el primero y el último.
Así también tú, señor, recibe mi saludo. Con mi canto te intento propiciar.


En la quinta oda pítica Píndaro nos presenta a  Apolo como sanador y liberador de los dolores de hombres y de mujeres, en perfecta diferenciación de sexos, inspirador de la música, representada por la cítara, y de la poesía mediante la mención de la Musa. Es muy significativo el participio ἀγαγὼν, ‘llevando’ concertado con Apolo. ¿Da a entender Píndaro que Apolo, el dios del equilibrio emocional, de la σωφροσύνη, frente al tumultuoso y pasional Dioniso,  en el contenido de su inspiración musical y poética que lleva a las almas incluye la ἀπόλεμον εὐνομίαν, ‘el orden pacífico de las buenas leyes’? Si Horacio pensaba en algún dios en concreto como contrario a las medianías, no podía ser otro que el dios que dirige el oráculo délfico en una de cuyas puertas se inscribe el μηδὲν ἄγαν, el ne quid nimis, como tradujeron los latinos, ‘nada en exceso’ tan en consonancia con el ideal horaciano, sabia mezcla de estoicismo y epicureísmo.
Respecto al brevísimo fragmento en honor de Apolo que ocupa el XXI lugar de los “Himnos homéricos” atribuidos a Homero, tras el paralelismo entre el cisne que canta dulcemente y el aedo de dulce voz, el autor interviene en el canto con el deseo de obtener la protección del dios y hacerlo propicio. ¿Para qué? Para que le proporcione esa dulzura y suavidad que proyecta el cisne con sus movimientos rítmicos y su armonioso canto reflejado en la música armoniosa de la cítara del aedo.
Ambos pasajes esparcen moderación, equilibrio de movimientos en todos sus actos y expresiones. Podríamos pensar que la negación de la mediocridad en los poetas se sublima precisamente con otra clase de mediocridad, esa medianía dorada que requiere un reposado esfuerzo de contención, concentración en la mesurada vinculación de fondo y forma en el marco del ritmo adecuado al motivo del canto.
Comentando el tercer grupo de personas que no se conforman con la mediocridad negativa nos encontramos con las columnae. La mayoría de los intérpretes ven aquí las columnas de los edificios destinados a librerías. En sus columnas se fijaban carteles que anunciaban y promocionaban los libros que se iban editando. Es lógico pensar que los libreros, que buscan la ganancia, prefieren obras que se vendan bien por sus méritos literarios. Seguramente en la época de Horacio se había desarrollado el gusto en los lectores y no se conformaban con bazofia.
Esta medianía positiva podría deducirse de dos mensajes de Horacio que son como la Escila y Caribdis de la buena literatura. Por una parte hay que precaverse de una brevedad anubladora y por otra de una ampulosidad difusa y hueca.


Máxima pars vatum, pater et iuvenes patre digni,
Decipimur specie recti: brevis esse laboro,
Obscurus fio:
La mayor parte de los poetas, padre y jóvenes dignos del padre,
Nos engañamos con la apariencia de lo correcto: me esfuerzo en ser breve,
Me vuelvo oscuro:(v 24-26)


Podemos ver aquí el peligro del conceptismo extremo, que conduce a la oscuridad y al hermetismo.
Más adelante, en el v. 27 nos previene el maestro venusino de otro peligro:


Professus grandia turget
Buscando lo sublime, cae en la ampulosidad.


He aquí el retrato del grandilocuente. En el término medio está el clásico imitador de Horacio: el que pretende la equidistancia y anda siempre atento para no ser devorados por Escila, si exagera en la búsqueda de la brevedad, ni se expone a zozobrar entre los remolinos producidos por Caribdis, si tiende, para evitarla, a una ampulosidad estéril. Pero esa maniobra  exige esfuerzo y tacto. De los que tratará Horacio en los versos siguientes.

domingo, 21 de agosto de 2016

El regreso de los mitos



Marilyn Monroe o Diana de Gales, Camarón o Curro Romero, por ejemplo, siguen constituyendo en la actualidad variadas ilustraciones gráficas de la persistencia de los mitos. Esos devotos comportamientos de miles de "fieles" que les rinden culto sirven de testimonios elocuentes del proceso de transformación mediante el cual las biografías de algunos personajes se convierten en leyendas y sus pertenencias se transforman en iconos fetichistas que alcanzan precios millonarios en las subastas. Y es que la veneración, la devoción y, a veces, la adoración de los personajes populares constituyen las formas más universales y más permanentes de reconocer y de admirar nuestras más profundas aspiraciones. 
Los mitos -encarnación de ideas o materialización de valores- no son, como quisieron hacernos creer algunos teóricos, unos cuentos infantiles o unas maneras rudimentarias y primitivas de pensar. La fabulación mitológica no es, ni mucho menos, un procedimiento elemental para transmitir creencias ingenuas a gente iletrada, sino una vía indispensable y un camino complementario de acercamiento a la realidad misteriosa de la existencia humana: es una manera de identificar nuestros ideales; es una forma de conocer los valores sólidos y las pompas vacías, de expresar nuestra concepción de las virtudes y de los valores, y nuestra idea de los vicios y de los defectos.
Contrariamente a las enseñanzas de toda una pedagogía bicentenaria, hemos de afirmar que no hay interrupción entre los argumentos de las antiguas mitologías y los asuntos de las ficciones culturales modernas tal como las relatan la literatura, las bellas artes, las ideologías o las historias. No debe extrañarnos, por lo tanto, que uno de los rasgos que caracterizan el pensamiento, el arte, las relaciones sociales y las teorías y las prácticas políticas actuales sea la presencia permanente de los mitos. Recordemos la lucidez con la que Max Weber (1864-1920), hombre de ciencia y, ocasionalmente, periodista político, había profetizado que los viejos dioses, vencidos por los aires racionalistas y sepultados por los vientos secularizadores, volverían un buen día entre nosotros.          

Claves del bienestar/45

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Despedirse
José Antonio Hernández Guerrero
Por lo visto y por lo oído, despedirse a tiempo es una destreza extraña y un proceder poco común. Y es que, en contra de lo que se suele afirmar, “mandarlo todo al diablo, a paseo o al quinto cuerno” y “dar un portazo”, más que un gesto de cobardía puede ser la consecuencia de una serie de valores de los que, a veces, carecemos. La decisión de “dimitir” exige, en la mayoría de los casos, lucidez, libertad de espíritu, valentía y, paradójicamente, ser fieles a los compromisos básicos y, sobre todo, a la propia conciencia. Se requiere, además, muchas dosis de atrevimiento para romper con todo, para huir de las esclavitudes y para escapar al vacío.
La mayoría de la gente -me comenta Pepe- fija con precisión la hora del comienzo de sus actividades, pero no prevén el momento de la terminación. Algunos psicólogos achacan esta indecisión a una inseguridad vital que se manifiesta en timidez, en bloqueo, en torpeza de expresión, en miedo a quedarse solo o, incluso, en falta de imaginación. ¿Será eso lo que les ocurre a los políticos carismáticos, a los conferenciantes insufribles y a las visitas pesadas?  A mí me asustan, sobre todo, los que dan razones éticas para no despedirse. Creo que son más peligrosos aquellos que se agarran a la poltrona por un deber de conciencia, por la fidelidad a la llamada de Dios o por la lealtad a los líderes: por responder a la vocación sobrenatural o por obedecer a llamada de la patria.
Estoy convencido de que, para renovar la vida de los grupos humanos, todavía más necesario que reinventar nuevas fórmulas o establecer principios diferentes, es preciso cambiar los rostros de los dirigentes. Si es verdad que la experiencia es un capital que hemos de saber rentabilizar, también es cierto que los problemas nuevos requieren soluciones inéditas y manos diferentes. Los gobernantes se cansan o, lo que es peor, se acostumbran a mandar, pero los súbditos se saturan y se empachan cuando durante mucho tiempo están viendo las mismas caras.

Hemos de reconocer que estamos mejor dispuestos y educados para decir que sí que para decir que no; para empezar que para terminar, para aceptar los cargos que para presentar la dimisión. No es necesario que nos pongamos trascendentes ni que afirmemos que, en nuestra cultura occidental, no nos han educado a bien morir. Probablemente tendremos que hacer como Lola cuando ponía la escoba bocarriba detrás de la puerta para así conseguir que María se despidiera en sus interminables visitas.    

viernes, 19 de agosto de 2016

NOCTURNO DE MAITINES



Regem qui omnia vivunt, venite adoremus. Hemos venido a adorar al Rey por el que todo vive en nombre de nuestro compañero al que acaba de atraer a la muerte quitándole la ruaj. 

Como temíamos no consiguió salir del oscuro barranco en el que se había sumido. Enfermo de espíritu, contagió su carne. Mediado julio entregó el espíritu. No se le oyó gritar al expirar.

A la llamada de su hermana acudimos al infierno castellano del implacable sol de estío en este mes de julio que dicen el más caluroso desde hace muchos lustros. Conduce el coche uno de los tres, doctor in utroque iure por Salamanca, que también va a celebrar el funeral. Pues a eso hemos venido y en eso estamos. Venite adoremus.

El lugar vacío guarda un silencio de tan sin sonidos que el coche oculta la vibración del motor al entrar en la plazuela donde se asienta firme el templo parroquial. 

No hay cura salvo en los papeles, pues veintitantos villorrios como este están encomendados al mismo ecónomo. Así que se ha excusado de venir al saber que uno de los tres tiene licencias. Estamos solos.

Salimos de la iglesia, el doctor con capa negra del XVII bordadas calaveras de plata y plantas agostadas, camino de la casa a hacer la conducción con cruz alzada que lleva un servidor e hisopo y acetre que lleva el tercero. Recorremos los ciento cincuenta metros escasos cantando el miserere pues en el viaje hemos decidido cantar el oficio de difuntos y sus añadidos, a la antigua usanza, pues viejos somos los cuatro y tenemos dispensa, por ello, para hacer lo que nos venga en gana. Y lo hacemos. Aquí no hay ordinario del lugar.  Hay diecinueve mujeres de setenta para arriba y seis hombres de no menos de ochenta. Y el celebrante y los que ministran vel ministrantes.

Tienen una especie de camilla de hospital con ruedas de goma maciza a dónde está puesto el ataúd y en él nuestro camarada de la Ponti. Cuatro hombres lo empujan desde la casa a la iglesia mientras terminamos el miserere con aceptables voces todavía.

Cantamos el primer nocturno de maitines del oficio de difuntos. Y sí, hemos elevado el tono para evitar a nuestro dolorido amigo el quibus iuravi in ira mea si introibunt in requiem meam. 

Sin esperarlos, al fondo de la iglesia donde se ponen los hombres en estos pueblos de rito y escepticismo litúrgico,  hemos visto al padre Llorca murmurando al oído del padre Ursicino con hábito de agustino recoleto recién planchado lo mucho que estudiaba el hoy difunto cuando estaba en las bancas de la Ponti. Y hasta el Peque que acababa de salir del coro de la catedral, terminado el oficio capitular, para llegar pronto a clase, asentía con gesto adusto.

No estamos seguros pero casi sí. Lo que si estamos ciertos es que en el memento de difuntos tras el nombre del que estaba presente se oyó a don Eduardo, vicecanciller del obispado salmantino en aquellas interminables ordenaciones de los primeros sesenta,  decir "sunt ídem" al recordar a los que no están aquí en el funeral.
  
Predica nuestro doctor para que le entiendan los castellanos viejos, hombres, mujeres y espíritus asistentes, y me recuerda a don Pedro Riaño, burgalés como él, amigo del cardenal Segura, abad de la Colegiata de Jerez, con voz de bajo advirtiendo del juicio de Dios. Tremens factus sum ego et timeo.

Canto el "parce mihi" y al entonar el recitado del responsorio terrible en su realismo: Credo quod Redemptor meus vivit et in novissimo die de terra surrecturus sum, me doy cuenta de que la fe que nos apuntalaba en el et in carne mea vídeo Deum, ha sido lacerada por hermenéuticas sin límite y herida por avances de ciencias varias, amén de las dudas metódicas del propio pensar que se me hace un mundo seguir cantando dignamente el quem visurus sum ego et non alius. 

El doctor incensa los restos del presbítero cum laude probatus en Salamanca que no tuvo luz para concluir con sapiencia su pregrinar por este mundo. Absuelve pese a todas las dudas y los traspiés. El tercero truena un réquiem final. Le damos tierra y regresamos callados los casi trescientos kilómetros que nos separan de Madrid.


Alberto Revuelta

Tercera carta a Alfonso

lunes, 15 de agosto de 2016

DESAFÍOS UNIVERSITARIOS/24


La economía, una ciencia humana

JOSÉ ANTONIO / HERNÁNDEZ / GUERRERO 
AUNQUE proclamar el sentido humano de la economía es, sencillamente, repetir con un tono sentencioso una obviedad ya conocida por todos nosotros, no podemos perder de vista que, tanto en la organización de los estudios universitarios como en la práctica financiera de las grandes empresas, se suele olvidar esta dimensión que debería servir para frenar el "natural" crecimiento de las desigualdades inhumanas y el permanente aumento de la pobreza. Es cierto que algunos economistas autodenominados "humanistas" como, por ejemplo, Marcel Claude, Germán Bernácer o el español José Luis Sampedro han explicado con claridad y han aplicado con coherencia su firme convicción del carácter humano de esta ciencia pluridisciplinar, pero también es verdad que son abundantes los economistas y los financieros que entienden más de números que de letras, y no faltan quienes aplican, de manera exclusiva, las leyes inflexibles del mercado para hacer crecer los dividendos. En mi opinión, este desequilibrio puede deberse, en primer lugar, a la incontrolada avaricia (in-) humana de los agentes económicos pero también me atrevo a señalar como explicación complementaria de este desajuste la descompensación que en los planes de estudio se da entre las ciencias matemáticas y las ciencias humanas. 

Ya sé que algunos análisis sobre el carácter inhumano del funcionamiento mecánico de la economía sin tener en cuenta las condiciones personales y sociales, a algunos les parecerán exagerados y les sonarán a "simple falacia demagógica", pero si contemplamos las actitudes y las conductas de los que hacen negocios y, en especial, de esa élite acomodada que, instalada en una confortable cápsula, fija el rumbo socioeconómico, llegamos a la conclusión de que, en demasiados casos, carecen de empatía hacia las personas más desfavorecidas. Esa ruptura emocional y material explica la esquizofrenia que proyectan constantemente, no sólo el funcionamiento inhumano de los mercados, sino también la política institucionalizada en nuestros países del primer mundo. 

¿No creéis vosotros -estimados amigos- que los estudios económicos deberían incluir en su plan académico, además de Sociología, de Filosofía, de Historia y de Psicología, la asignatura de Ética? Si es cierto que los profesionales de la Economía deben tener muy claros los objetivos humanos de una disciplina que sirve en la medida en la que ayuda a crecer humanamente a los individuos y a desarrollarse de manera justa y equilibrada la sociedad, juzgo que no sería demasiado exagerado exigirles que conozcan los factores extraeconómicos -políticos, sociológicos y, sobre todo, éticos- que intervienen en los procesos económicos. 

Si aceptamos con todas sus consecuencias que la economía es una ciencia humana, tendríamos que admitir que ese humanismo debería inspirar el pensamiento y la conducta de los economistas con el fin de que, al menos, no se agrave el injusto desequilibrio entre las personas y ese abismo que separa a los pueblos avanzados que nadan en la abundancia y en el despilfarro, y los que se ahogan en la miseria. Es posible, al menos, que una concepción humanista de la economía abra nuevas vías para, por ejemplo, aportar soluciones a la cuestión del límite de nuestro progreso teniendo en cuenta los factores que, aunque parecen supra-económicos, extra-económicos e incluso anti-económicos, se deben incluir en el pensamiento de los economistas para propiciar un verdadero progreso humano, ético y social. 

Tengo la impresión de que, a veces, nos olvidamos de que objeto de la economía -según ya indicó Aristóteles- es estudiar la correcta distribución de los recursos escasos para satisfacer las necesidades de los seres humanos. Sus contenidos, por lo tanto, son las actividades humanas individuales y colectivas que tanto tienen que ver con el bienestar, con la felicidad, con la justicia e, incluso, con la equidad, esos objetivos que constituyen las metas de la virtud y de la Ética. 



Reconozco, sin embargo, que progresivamente los profesores de Ciencias Económicas van descubriendo que la capacidad de imaginación constituye un pilar de la cultura empresarial. Advierten que para la innovación hace falta desarrollar una mente flexible, abierta y creativa, unas capacidades que se pueden cultivar mediante la práctica de la lectura y de la escritura literaria, e, incluso, a través de la contemplación de las obras artísticas. Cuando se carece de estas destrezas, la cultura empresarial comienza a perder el ímpetu de lo inmediato. Esta es, quizás, la razón por la que, en la actualidad, algunas empresas contratan a profesionales que poseen una formación en disciplinas humanísticas además de una preparación profesional más estricta. Es posible que ya estén valorando la necesidad de poseer la flexibilidad y creatividad necesarias para prosperar en un ámbito empresarial más dinámico y que, incluso, reconozcan que el crecimiento económico exige la protección de la educación artística y humanística.

domingo, 14 de agosto de 2016

Claves del bienestar

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44.- El trabajo de la mujer
José Antonio Hernández Guerrero
Es cierto que tenemos que seguir luchando para que los legisladores, mediante leyes adecuadas, favorezcan unas condiciones objetivas de las vidas de las mujeres que hagan posible que -realmente y en todas partes- sean iguales que las de los hombres: que gocen de la misma libertad efectiva y que puedan ejercer eficazmente todos los demás derechos humanos. Pero, si pretendemos la construcción de una sociedad más justa sea consistente y estable, es necesario que, además, cambiemos el sistema de significados que subyace en el fondo secreto de nuestras “inconsciencias”.  
Las diferencias sociales, laborales, económicas, jurídicas e, incluso, religiosas que separan a los hombres y a las mujeres tienen unas raíces mentales profundas que penetran hasta el fondo de nuestro mundo de los símbolos. Éstos son, no olvidemos, los factores que determinan la formación de las ideas, el significado de las palabras, la adopción de las actitudes y el mantenimiento de las pautas de los comportamientos individuales, familiares y sociales. La eficacia y el peligro de estos símbolos son mayores cuanto menor es el conocimiento de su existencia y de su funcionamiento.
En la amplia bibliografía que se ha producido en los últimos cincuenta años sobre el feminismo, abundan los libros que describen los múltiples ámbitos de la vida ordinaria en los que se manifiestan tales desigualdades, pero son escasos aún los trabajos que ahondan en esos niveles de las representaciones, de los significados, de los sentidos y de los símbolos.  
En mi opinión es necesario que tengamos en cuenta cómo, a partir de la presencia femenina, cambia el clima del espacio laboral: se alteran las relaciones, el valor del dinero, el significado del tiempo, el sentido de la actividad frente a la pasividad e, incluso, la concepción de la política y de la religión. Pienso que es el momento de preguntarnos si el modelo emergente de mujer que descalifica la pasividad generará también un nuevo tipo de interpretación filosófica, una alteración de modelos de relaciones sociales y una transformación de las reglas de juego en la política e, incluso, en la religión. Vamos a ver si las iniciativas del papa Francisco dan algunos frutos o si son frenadas por las resistencias de los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos ultra heterodoxos.  

miércoles, 10 de agosto de 2016